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DIARIO ABREVIADO DE LA OFICINA PORTÁTIL

Ocio y cultura2 de Mayo de 2018

POR AVELINO FIERRO





16 de marzo, 14:15 horas. Oigo hablar a Elena, de la Junta del Colegio de Abogados, a la entrada de la secretaría de la Fiscalía de Menores: “¿Está don Avelino? A estas horas y siendo viernes, no creo, ¿verdad?”. La llamo desde el despacho: “Oiga usted, señorita, soy un resistente o un torpe, porque hago muchas horas en este cuarto. Menos mal que puedo ver la calle, ver cómo está ahora cayendo el granizo, ver llegar e irse los trenes”. “Venía a encargarte un artículo para la Revista del Colegio, vamos a volver a publicarla. Puedes escribir de lo que quieras, que para eso tenemos aquí a un escritor”. Siempre que me dicen lo de escritor miro alrededor o debajo de la mesa pensando que hay alguien más. Cuando depende de mí digo escribidor –como le gusta anotar a Jiménez Lozano– o plumífero –como es manía de Ferlosio–.
Se lo agradezco. Me dice que tiene que estar para abril, que puedo echar mano incluso de artículos ya publicados. Pienso inmediatamente en aquel de hace dos veranos sobre las redes sociales, trufado de citas filosóficas, que me encargaron desde la Fiscalía de Sala para la Violencia de Género. Es la primera vez que escribo “género”. Cuando yo era niño recuerdo que se oía mucho esa palabra. Ibas con tu madre a comprarte ropa y los vendedores, a la vez que metían la mano por la pernera del pantalón o la manga del jersey y lo estiraban y estrujaban y deformaban, decían: “Mire señora, mire qué buen género”. (En la oficina hemos puesto en las carpetas de estos asuntos una inscripción con un tampón que yo encargué hace años. “Urgente. Violencia doméstica”).
Le digo que ese artículo era largo, unos treinta folios; me dice que es mucho y, a renglón seguido, que “bueno, podría ser, es una revista digital”.
Esta mañana puede que haya habido un hito importante en mi vida de funcionario: Ana, la chica de informática, me ha instalado la “surface”. Cuando oí el término por primera vez pensé que era un programa de cosmética femenina, como esos que anuncia en Instagram una de las hermanas Kardashian que le hacen ganar mucho dinero. Pero va y resulta que era un aparato entre tablet y portátil.
La he estrenado escuchando la grabación de una vista en el Juzgado de Menores. Estoy preparando el recurso –algunas veces los jueces no parecen ser de este mundo y resuelven bastante peor que Salomón–; no he conseguido oír casi nada. Vamos a acabar todos poniéndonos en la oreja una trompetilla.
Salgo cargado de papeles para el fin de semana. He traído el coche para llevarlos; si estoy con ganas, trabajaré esta tarde y en horas muertas del sábado y domingo. Paro a tomar un vino en La Toscana. En un rato sé que vendrán aquí insignes juristas a echar su partida de mus. Le doy vueltas a qué asuntos trataré, sobre qué puedo escribir para la revista del Colegio. Decido hacer un diario.
A la pregunta habitual del periodista de por qué no aparecen los asuntos de mi profesión en las páginas de mis libros, “esos casos sin duda tan interesantes que usted tendrá casi a diario”, replico que la literatura jurídica está dominada por el gerundio, y el gerundio no dice nada. Que el subjuntivo es el tiempo verbal de la literatura de creación. “Soy, he sido y seré / tiempo de verbo, carne conjugada, / hijo de navegantes subjuntivos”, dice el final de un poema de Juan Vicente Piqueras, que acaba de publicar un poemario titulado Padre sobre la vejez y la pérdida de la memoria de sus mayores; un libro hermoso, como lo es el de Christian Bobin, La presencia pura, sobre el mismo asunto.
[Un inciso. Bobin está bien: es un santurrón iluminado que suelta chispazos. El otro día le recomendé su último libro publicado en España, La Dama blanca, sobre Emily Dickinson, a un amigo y me escribió al poco: “Mira lo que acabo de encontrar en la primera página: 'La poesía es la hija achacosa del cielo, la silenciosa derrota del mundo y su ciencia'.” Y otro que anda metido en intuiciones, que suelta destellos en medio de un discurso a veces espeso, en cuanto a la escritura de diarios, es ese francés, Maurice Blanchot: “El diario es el ancla que raspa contra el fondo de lo cotidiano”.]
Al final, uno escribe para definir la propia identidad. Algo así viene también a decir Guillermo Carnero, en una entrevista que le hacen tras la publicación de su libro Regiones devastadas, hablando de para qué sirve la poesía: “Te reconoces a ti mismo en el poema y el poema te ayuda a definir lo que tú eres; a cómo amplías tu visión del mundo a base de leer y de escribir”.
Llevo doce trienios en esto del funcionariado. Quizá el escribir este diario jurídico por encargo me ayude a saber quién soy como trabajador por cuenta ajena. O me cause un conflicto y surjan viejos traumas olvidados, momentos delicados, lágrimas de desesperación resecas entre las páginas del curso de derecho civil de D. José María Castán. Igual afloran esos sueños recurrentes que todos tenemos: que no has aprobado la oposición, que estás casado con una funcionaria –estricta gobernanta del scop– que te exige que cumplas con los plazos, que caes en un pozo sin fondo que han abierto en la avenida Ordoño II cuando te diriges a la Ilma. Audiencia Provincial y que remontas el vuelo justo antes de pegarte el tortazo –bueno, esto último sería para Freud algo que tiene que ver con la pulsión erótica, con deseos no satisfechos…– . Ya veremos.
De momento hoy es sábado, estoy revisando estas primeras notas. Como nunca corrijo, sé que se quedarán tal cual. Añado que ayer, en la tasca de a diario, Manolo –de Izquierda Unida– me preguntó por el muerto que me había caído “con eso del colegio”. Al parecer, han aparecido noticias sobre unas lesiones a un chico lanzándole un líquido abrasivo. Tengo el atestado entre esos papeles de que hablaba. Me lo entregó ayer mismo una pareja (de la Guardia Civil, por supuesto). No pude estudiarlo por eso de la surface… El lunes estará minutado, y posiblemente se reciba declaración el martes a todos los implicados. Somos los más rápidos en tramitar a este lado del río Pecos. Lo dicen en las inspecciones que tenemos periódicamente. Bueno, igual tengo que anotar aquí que tampoco hablan nada mal de nosotros en cuando a nuestra labor jurídica.
Pero la celeridad desparece cuando nuestros papeles físicos o virtuales ingresan en la NOJ (Nueva Oficina Judicial).
Ahí se produce el mayor atasco del mundo; todo lo traga esa especie de pozo negro, esa centrifugadora que todo lo revuelve y dispersa. Aquí, el que suscribe, protesta año tras año amargamente. Le cabe a un servidor el triste honor de figurar por ello en dos de las tres quejas que el año pasado se recogieron en la Memoria de la Fiscalía General del Estado sobre el pésimo funcionamiento de estas macrooficinas.
Yo lo cuento así a la gente de la calle –aunque nunca hablo de mi trabajo puede que alguien de confianza quiera informarse de estas miserias–: Antes en los Juzgados había un Juez, una secretaria, un agente judicial y seis o siete funcionarias. Cada uno tenía su armario con baldas y los asuntos en la cabeza. Siempre me pasmaba cuando preguntaban por un algún papel. “Sí, son las diligencias 1327 barra 11. Espera un momento. Están en la mesa del Secretario para la tasación de costas”. Esto te lo decía un funcionario a la vez que se giraba con su silla hacia la estantería para hacer las comprobaciones oportunas. Ahora no sucede nada de eso. Ahora no se ve funcionario ni secretario a quien preguntar, ni se sabe dónde están las cosas. Ahora parece que por fin la Justicia ha recuperado su verdadera esencia y naturaleza: es ciega.

17 de marzo, sábado. Bajo a cortar el pelo a primera hora a Samir, el peluquero marroquí del barrio. Hablamos de Essaouira, la ciudad de Marruecos sobre la que acabo de ver un reportaje en el suplemento “El Viajero” en El País de ayer. Le digo que he venido hoy porque es marzo y hay luna menguante, que eso hará que crezca bien y fuerte el pelo. Si no da resultado tendré que ir a Estambul para hacerme un injerto. Podré también preguntarle a Bono –no el cantante, sino aquel presidente del Congreso de los Diputados–, al que le ha quedado bien. Me dicen que es amigo íntimo de una compañera fiscal, a la que conozco. Si la luna no me ayuda, le preguntaré a ella.
He recordado ahora que hace unos días M. M., la compañera de la habitación de al lado, me preguntó por un asunto del juzgado de familia sobre la “kafala”, esa institución del derecho marroquí equiparable a la adopción y cuya aplicación en algunos supuestos está reconocida en España.

18 de marzo, domingo. Miro la saca de papeles que he traído para trabajar en casa el fin de semana. Ya le eché un vistazo a lo más urgente. Llevo así toda la vida, todos los fines de semana: mirada de reojo y de mala leche a ese trabajo pendiente; trabajo inexcusable que no puede resolverse en la oficina, en la que es difícil tener más de media hora seguida de concentración: declaraciones, visitas, llamadas, salutaciones de mi queridísimo Humberto, consultas, una letrada: “¿tienes un minuto?”, la periodista que quiere saber si ha llegado a la Audiencia el recurso de la Fiscalía sobre el archivo de Caja España…
Igual con el tiempo dejo de manejar papeles, porque todo estará en la “surface”. Pero echaré de menos los legajos, son muchos, muchos años de noviazgo. Se me ocurre que puedo titular estas páginas –entre tanto llevar y traer, traer y llevar, acarrear expedientes, y ahora la cacharra esta nueva que se enchufa y desenchufa– como “diario abreviado de la oficina portátil”.

19, lunes. Todo eso de las nuevas oficinas y el “papel cero” me resulta un tanto absurdo. Algunos piensan que algunos no queremos colaborar. Eso es otro absurdo mayúsculo: lo que no queremos es ser agachadizos ni cómplices de tantas improvisaciones y desaguisados.
Los manuales de tramitación, con su prosa absurda, descoyuntada y “apache”, parecen haber sustituido a las leyes de enjuiciamiento. Al frente de esas hiperoficinas están personas –¡cuántas anécdotas podríamos contar y callamos!– que parecen a veces conjuradas contra la lógica y el derecho e investidas de un mesiánico furor. Parece que la informática, las grabaciones –cualquier día perderemos el sentido del oído y puede que el sentido común; y si al menos esas grabaciones sirvieran para suplir en algo el principio de inmediación en las apelaciones–, los señores Fidelius, Fortuny, Horus, la señorita Minerva... son los nuevos dioses –no puede negarse que son nombres bonitos y parecen configurar un nuevo Olimpo–, la panacea a no sé qué males de ese principio moral que inclina a obrar y juzgar respetando la verdad y dando a cada uno lo que le corresponde.
Traigo aquí una cita del libro de Alejandro Nieto, El malestar de los jueces y el modelo judicial, que ya en 2010 las veía venir:
“Todo parece indicar que estamos entrando en la era de la Justicia por ordenador y que vamos a ella con los ojos cerrados. Los nuevos gestores de la Administración de Justicia han descubierto la informática y creen ingenuamente que con ella se arregla todo. Tal como ellos ven las cosas, los hechos los depura la máquina, un buen programa selecciona en un instante las normas aplicables y en algún lugar encontrará los fundamentos jurídicos y el fallo. La imagen 'moderna' de la Justicia sigue con los ojos vendados aunque en lugar de espada y balanza lleve en la mano un ordenador portátil”.
Y cada vez escribiremos menos a mano; eso nos volverá más idiotas.


20, martes. Hemos tenido declarando a varios jóvenes de esos que llevan un gran aro metido en la oreja desgarrada. Aunque venían por separado a distintos expedientes, parecían pertenecer al mismo clan. Hace años escribí sobre bandas juveniles para un Congreso de Justicia de menores que se celebró aquí, en esta ciudad, y que yo dirigí por encargo de la Fiscalía General.
Aquel Congreso estuvo muy bien. Todavía lo recuerdan los Fiscales. Se celebró en el Hostal. Yo solo puse una condición –que me aceptaron–, que no hubiera sesiones de tarde. La siesta o pasear por la ciudad me parecían imprescindibles para los asistentes. Elegí los ponentes. Gema desde Valencia; José Miguel, a pesar de que a los dos o tres días leía su tesis en la Complutense… Llamé también a Alberto, que se excusaba al principio. Decía con cerrado acento andaluz: “Avelino, tío, que yo no llevo menores. Lo dejé; acabé con el síndrome ese del quemado, el born out. La inmediatividad me fundió”.
La dieta daba para poco. Conseguí que la Junta nos subvencionase con mil y pico euros y unos libritos de regalo. Con el dinero tapamos algunos agujeros y hasta fuimos a cenar a Valdevimbre, a la bodega de César. A mí el Ministerio me pagó por dirigirlo –mi ponencia, organizar visitas, paseos y cenas, recibir y despedir, no dormir... trescientos euros. Compré unos zapatos y un traje en Cortefiel.

21, miércoles. Día de elecciones al Consejo Fiscal. Estoy de presidente suplente. Voy a las 8:30 a la Fiscalía Provincial. Se constituye la mesa. Eso de ir a votar... Lo hice por primera vez en el referéndum en que se decidía entrar o no en la OTAN. Fue en el Círculo Colombófilo de Puerto de la Cruz, en Tenerife. No me hicieron caso, me cuesta bastante desde entonces.
He votado el primero. A ver si sirve para que quienes resulten elegidos hagan que desaparezca el 324 y lo de la Justicia Digital se paralice hasta que los programas funcionen correctamente, no ralenticen y entorpezcan tanto el trabajo diario. Ahora fallan más que una escopeta de feria. Y que a los fiscales que hacen guardia de menores, de disponibilidad semanal, les paguen más de 81 euros netos.

22, jueves. Una compañera, M., me pasa un folio con las anotaciones siguientes:
1/5 2/3
prisión 2 --- 24 meses
prisión 8 m --- 8 meses
sustitución x multa
24 + 8 --- 32 meses 1/5 mínimo x multa ej. 17 : 2 cuotas 8
32 meses 2/3 máximo x multa ej. 28 : 2 14
8 – 14 multa mes
(horquilla para la multa)

No le he entendido bien la letra, ni lo he revisado. Por ello, hago –como los peritos económicos en las partidas dudosas– las correspondientes menciones de salvedad.
Viene a ser ello una aplicación práctica para los arts. 80.3 y 84.1.3ª del Código Penal. A uno se le queda la cara con los mismos gestos que en aquel sketch de Encarna y las empanadillas, de los humoristas Martes y Trece.

*

A media mañana un funcionario del Juzgado de Vigilancia llega a mi despacho para que informe un permiso de salida de un preso para una de las procesiones de Semana Santa. Todo está bien tramitado y bendecido. Reparo en que su nombre me resulta muy conocido; al rato caigo en la cuenta de que había pasado hace años algunas veces por la Fiscalía de Menores. Se ve que no conseguimos su satisfactoria socialización. Pero, al menos, no parece ser de los más malos.

Viernes, 13. Estoy mandando a la papelera algunos archivos en Word de la confección de mis trabajos sobre menores y sobre delitos tecnológicos para la Memoria de la Fiscalía del año 2017, que pululaban todavía por el ordenador.
La elaboración de estos textos es obligada año tras año. Es algo necesario, y cansino. Hay que reiterar evidencias, rutinas, protestas y resignaciones. Ya no sé si el pasado año hice las mismas propuestas de reformas legislativas. En todo caso, ahora han sido estas.

“Se hacen en este apartado, más que propuestas concretas de reforma, determinadas sugerencias sobre aspectos que podrían ser objeto de consideración o posible modificación.
En la anterior memoria, correspondiente a 2016, se apuntó que debería reformarse el art. 468 CP relativo al quebrantamiento de condena o medida cautelar, para incluir una referencia expresa a las medidas impuestas conforme a la Ley de Menores y acabar con las discrepancias de los pronunciamientos judiciales en esta materia.
Y, asimismo, como hemos apuntado en otras ocasiones, debería establecerse un procedimiento para el enjuiciamiento rápido de las infracciones constitutivas de falta, con informe oral en el acto de la audiencia de los Equipos Técnicos.
De anteriores consideraciones en el texto de esta Memoria se desprende la necesidad de reformar la legislación en los casos más preocupantes en cuanto a las infracciones, que serían los supuestos de violencia doméstica y mal uso de las redes sociales. Debería volverse a instaurar el derecho de corrección paterno en los términos en que figuraba en la anterior legislación civil (art. 154, “Los padres podrán en el ejercicio de su potestad recabar el auxilio de la autoridad. Podrán también corregir razonable y moderadamente a sus hijos”).
E, igualmente, dar carta de naturaleza al control parental como ya se hizo en la antigua legislación penal (art. 497 del Código Penal de 1973), eximiendo de responsabilidad a los padres que intervengan o intercepten los papeles o cartas o comunicaciones de sus hijos o menores que se hallen bajo su dependencia en el adecuado ejercicio de la patria potestad. Aunque ya hay pronunciamientos jurisprudenciales en ese sentido, el legislador tendría que recogerlo expresamente”.

Sábado, 24. En su columna de los sábados en el diario El País, escribe Julio Llamazares sobre los problemas de la gente mayor que no entiende el lenguaje de los ordenadores ni el manejo de las máquinas que han sustituido a las personas en bancos, hospitales, oficinas, estaciones de tren y autobús, supermercados...
Para los que entienden y dependen demasiado de todo ese mundo digital traemos aquí las declaraciones recientes de un ex-ejecutivo de Facebook: “Las redes sociales están desgarrando a la sociedad”. Un servidor tiene un pequeño rincón de su biblioteca dedicado a los libros en papel sobre este mundo de la Red. Al mando de esa estantería está Nicholas Carr y su ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Superficiales. He escrito un par de ponencias sobre la materia; una de ellas titulada –toda una declaración de intenciones– “Ciberagnosticismo”.
Ya anoté que cuando me pidieron colaborar para esta nueva etapa de la revista del ICAL pensé que uno de esos escritos, repleto de consideraciones sociológicas y jurídicas, sería bastante adecuado.
Luego consideré que sería un poco “ladrillo”; había demasiadas citas de Nietzsche, Heidegger y Byung-Chul Han. También pensé en copiar algunos párrafos del libro de mi amigo Antonio Manilla, Ciberadaptados, que recomiendo y al que yo he puesto un brevísimo prólogo de advertencia sobre esas nuevas maneras del poder. Finalmente he decidido traer aquí –“cortar y pegar”– una breve cita de uno de mis trabajos, una anécdota casi, el recuerdo de una conferencia:

“En una charla, ya hace unos meses, para alumnos de una Facultad de Educación, fui desprovisto de cacharros digitales, aunque la parte fuerte del discurso versaría sobre los jóvenes y la Red. Vi que algunos tecleaban en sus teléfonos –quizá para apagarlos o ponerlos en modo avión o vibrador o panavisión– y empezaron las admoniciones. Les enseñé los pósits amarillos que aparecían pegados al primero de los folios escritos a mano que pensaba utilizar para el discurso; algunos volaron entre los asistentes al agitar aquellos papeles. Les dije que no importaba, que podía contarles igualmente lo que traía preparado, porque había consultado varios libros o artículos en papel, que los había subrayado, que los había llevado por escrito a aquellos folios y que las citas o ideas importantes estaban reescritas en aquellos pequeños papeles amarillos, de los que cada vez quedaban menos en mi mano; les dije que ellos posiblemente habrían utilizado el ordenador, google, la Wikipedia y cosas así, que habrían entrado en ese “ecosistema de tecnologías de la interrupción”, “en la cacofonía de estímulos imperantes en la Red que cortocircuita el pensamiento” y les largué el rollo que resume bien Carr sobre el modo en que nuestra mente procesa la información y cómo aprendemos, reseñando los trabajos de John Sweller, psicopedagogo australiano, que explica cómo nuestro cerebro incorpora dos tipos de memoria diferentes: a corto y a largo plazo. La primera, o memoria de trabajo, desempeña un papel instrumental en la transferencia de información a la memoria de largo plazo y en la creación de nuestro almacén personal de conocimiento. La del trabajo es el bloc de notas de la mente y la memoria a largo plazo es su archivo, es la sede del entendimiento y no sólo almacena hechos, sino también conceptos complejos, esquemas. […]

Luego entramos en materia y les conté a qué se dedican los Fiscales de Menores.
Puede que sea una batalla perdida, pero es necesario cierto activismo contra las tonterías y el fundamentalismo que impera en la noosfera, ese cerebro global formado por todos los cerebros humanos conectados a través de internet o, al menos, contra los que ignoran a los demás y prefieren mirar el móvil, para los que ya se acuñó hace tiempo el término phubbing (al juntar phone y snubbing) hay que meterles un poquito el dedo en el ojo”.
En fin, ese fue el tono, un tanto de regañina, de aquella ponencia.

Domingo, 25. Domingo de Ramos. Voy a media mañana a la oficina. Está frío el despacho; creo que los fines de semana quitan en esta parte del edificio la calefacción. Antes he estado trabajando en casa. Los fines de semana son estupendos para “sacar papel”; como ya dije, nadie te molesta, no hay visitas, consultas ni llamadas.
Vengo a ver si funciona el portafirmas. Desde hace un par de semanas la Fiscalía está embarcada por el Ministerio en la “Fiscalía Digital”. Llevo dos días con cuatro escritos de contestaciones a recursos de apelación hechos en Word y trato de firmarlos digitalmente.
No funciona; el lunes tendré que llamar al CAU (Centro de Atención al Usuario). Me he ido cuando el relojito llevaba más de veinte minutos dando vueltas y después de haber reiniciado dos veces el ordenador. Tampoco ha sido tiempo desperdiciado. Ese reloj de color azul dando vueltas y vueltas me ha llevado al recuerdo, al de la lavadora con carga lateral, con un tambor que daba vueltas y vueltas, en la casa de mi madre. Para mí era como un teatro, pasaba tiempo mirando aquellos giros y cómo se volteaba y cambiaba la ropa. He vuelto a la infancia, he vuelto a estar un buen rato ensimismado, descansado, absorto.
Regreso a casa y ya no me apetece calificar un expediente, bastante grueso él, incoado por lesiones y atentado. La nieve sigue en los tejados y los periódicos vomitan sus noticias: el independentismo, Trump, el máster de la presidenta, los tuits oficiales sobre los sucesos en Lavapiés, el Parlamento partidista y ofuscado...
Ayer terminé de leer el libro de conversaciones con George Steiner, Un largo sábado. Copio de la página 102 una frase:

“Inglaterra tenía un destino casi único: la élite se dedicaba a la política. Los mejores de cada promoción de Oxford y Cambridge iban al parlamento, trataban de entrar en el gobierno –esa era su principal ambición–, había una élite con una formación sólida. Desde hace treinta o cuarenta años, la gente se parte de risa con esas ideas”.

Lunes, 26. Hemos celebrado a primera hora una audiencia en el Juzgado de Menores, que en principio parecía que iba a suspenderse porque la Guardia Civil no había conducido a la afectada. Se realizó por viedeoconferencia. X. es una de esas personitas que a primera vista uno se llevaría para casa; parece que es la niña modelo. Luego se repara en la madre, joven y guapa, y ya algo empieza a no encajar: su mirada es de tanta tristeza, trasluce tanto sufrimiento que volvemos de nuevo los ojos a X. Y leemos su historia, y todos los informes del expediente (vgr., eso de que le arrebata a la educadora el bote de pastillas y las ingiere todas y rompe una ventana y amenaza con cortarse la yugular con uno de los cristales) y lo que dicen los médicos y los técnicos y sentimos también una enorme tristeza.
¿Es eso de lo que quieren que uno escriba en mis otros diarios con pretensiones literarias? ¿De esas vidas sombrías?
Hace unos años tuvo cierto éxito el libro de Ferdinand Sachs, Crímenes ejemplares. Un abogado penalista alemán novela sucesos reales que ha conocido por su profesión. Lo he buscado ahora, hace unos instantes, por la biblioteca. No lo he encontrado. Quería ver algunos dibujos que hice en él sobre aquellos personajes lombrosianos, por si servían para ilustrar estos párrafos. El texto no era gran cosa (y puede que los dibujos tampoco).
En el caso de X. quiero consolarme pensando en que la vamos a ayudar. Todo acabará bien.

Martes, 27.- Encuentro a amigos magistrados, asociados a Jueces para la Democracia. Me dicen que el Congreso de la asociación se celebrará este año en León. Me preguntan si yo podría hacerles el cartel (gratis, por supuesto). Les dije que sí, por supuesto. Yo ya estaba “visualizando” el motivo, de hechuras clásicas: una especie de “locus apellationis” cual Espíritu Santo sobrevolando una muchedumbre de justiciables, a los que pensaba dar un tratamiento gráfico a la manera de Ernesto (Rodera, por supuesto). Mas cuando les pedí datos me eché atrás: era el congreso de jueces “y juezas” para la democracia, etc., etc... Les dije que yo no trabajaba bajo esas condiciones, por supuesto.
De esto tuve noticia después por mi amigo Perfecto Andrés Ibáñez. Al parecer, la Comisión de Igualdad de la asociación está detrás del cambio de nombre. Esa Comisión hacía otras propuestas. Una de ellas: “los asociados” se simplifica en “totalidad del conjunto asociativo”. “Sobran los comentarios”, apostilla P. A. en un texto escrito que ha tenido la amabilidad de remitirme, que viene con muchas y exquisitas referencias lingüísticas.
Recordé una anécdota. Mi amiga Shelly, irlandesa, profesora de inglés y que sabe algo de lenguas, me mostraba hace años una convocatoria del colegio, que había pasado del tamaño cuartilla de las anteriores, a casi dos folios. Detrás estaba otra comisión de igualdad gastando papel: alumnos-alumnas, padres-madres, profesores-profesoras, tutores-tutoras... evaluaciones-evaluacionas...
Julio Llamazares, Javier Marías y otros varios, no hace mucho han escrito sobre esta cuestión –cual maestros de escuela tratando de desasnar a algun@s lector@s– cuando Irene Montero, del partido político Podemos, utilizó y reivindicó para el feminismo igualitario el término “portavoza”.

28, Miércoles.- Escribo con un bolígrafo Bic al dorso de folios reciclados. Creo que ya es bastante la extensión de esta crónica diaria. Además, vienen días de Semana Santa y el lunes ya estamos en abril, fecha en que debo entregarla. Me gustaría ilustrarla a la manera de Layus, aquel dibujante de Cuadernos para el Diálogo, una revista que sólo recordarán los letrados de más edad. Tengo varios números, pero he despistado el ejemplar en el que Layus narraba – como en una cenefa que recorría varias páginas– la vida del opositor a judicaturas en tiempos del franquismo. Era una genialidad.
Mis carpetillas de los juicios están a menudo llenas de dibujos. Cuando en la Audiencia o en el Juzgado de lo Penal veo entrar a algún determinado letrado, sé que dibujaré bastante, sé lo que voy a oír –y ciertamente no dejo por ello de prestar atención; aplico ahí mi lado femenino– y sé que estaremos allí un buen rato. Pero esos dibujos vuelven a la Secretaría de Fiscalía y mueren luego en los archivos.
Tengo también retratados a los alumnos-actores de la práctica procesal penal en la Facultad, a la que todos los años me invita mi amigo Pedro Movellán. Pero no los conservo.
Justo ahora he estado dibujando en los espacios en blanco de un libro de arquitectura. Sé que es una herejía, muchos de los dibujantes que me gustan son arquitectos. Es el libro de Josep Quetglas Pasado a limpio, I, editado exquisitamente por la editorial Pre-Textos.
He leído uno de los capítulos sobre el Pabellón de Mies van der Rohe en Barcelona, en 1929. La tesis del autor es que siendo una casa sin puertas, sin techos, casi sin paredes -sustituídas por cristal-, es un espacio cerrado. El espacio del Pabellón quedaría “retenu par la geométrie”. Se trata de la disposición de uno o varios planos horizontales, destacados del suelo, donde el plano inferior siempre designa una superficie estricta. Estar, en ese espacio, significa estar sobre el plano recortado...
Yo lo he visitado varias veces, desde que estuve por primera vez en la ciudad hace muchos años. La capa profunda y clara del cielo y la capa profunda oscura del agua... la pantalla oscura del cristal... el borde del estanque al final de la cubierta... la escultura “Amanecer” de George Kolbe...
¿Todo esto va a quedar contaminado a partir de ahora por las esteladas, por la insolidaridad, por el provincianismo y el abandono del cosmopolitismo, por un artículo de la Constitución?
Ello me causa una profunda tristeza. A todo eso le iría bien cualquiera de las bandas sonoras que ahora se entremezclan y escucho de lejos, este miércoles santo, la de Jesús camino del Calvario o la de la Virgen de la Amargura.



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