Locus Appellationis: Boletín Informativo del Ilustre Colegio de Abogados de León

LocusAppellationis 56 Enero 2010 Galería Fotográfica
Opinión

Mamá: ¡Quiero ser abogada!

Encarnación Cognición Tercería
Abogada y...

Hace unos cuantos años os contaba (Locus nº 23 del 2º Trimestre del 97) cómo decidí colgar la toga y abrir un bar de copas que, por cierto, me va muy bien a pesar de las muchas horas de sueño que debo a mi cuerpo. Lo malo es que en estos momentos, con una hija de diecisiete recién cumplidos se me presenta la amarga tesitura de indicarle que quizás sea mejor que se dedique a la escultura, a la meditación trascendental de apoyo socio-laboral o a la consultoría psíquico-atlética, porque los tiempos no han cambiado desde que me convertí en hostelera y no parece que vayan a hacerlo. Y si lo han hecho, han ido a peor.

Arguye mi hija que ha oído que los abogados ganan mucho y trabajan poco y que, antes o después, todos necesitamos sus servicios. Respecto de lo segundo, debo darle la razón, sí. Pero lo de la economía... Recuerdo que durante mis años de ejercicio (profesional, no físico que de éste ya no está el cuerpo para bollos), tuve la suerte de cobrar -tras el desasosiego de dos años persiguiendo al deudor por media España- unas quinientas mil en un asunto (en pesetas, claro). Brava minuta, cierto. Lo que pasa es que después de pagar el alquiler de una oficina más o menos digna, el teléfono (que los letrados somos gente de mucho hablar), el Colegio, la Mutualidad, las dos o tres suscripciones anuales para estar más menos que más al día, la secretaria, la luz, el mantenimiento de ordenador y la fotocopiadora, la imprenta y no sé cuántos gastos más, pude realmente casi llegar a cubrir esos gastos, eso sí, pasando por la entidad bancaria de turno a pintar de más rojo todavía los poco habituales números negros de mi cuenta. Y qué me decís de los plazos preclusivos (que sólo obligan al abogado) y de las muchas horas que dedicamos al estudio sesudo para el planteamiento de una demanda o de la contestación, observando, en muchas ocasiones, cómo se convierte en baldío nuestro esfuerzo cuando lees algunas resoluciones judiciales. Creo que el sistema fue inspirado en los diarios secretos del Marqués de Sade.

Vanesa, no obstante, erre que erre. Quizás el esplendor del despacho de Ally McBeal (¿Se escribe así?) le haya empujado a tomar la decisión.

De nada ha servido indicarle que no pueden andarse treinta metros en León sin que te topes con una, dos y hasta seis placas de "abogado" en los distintos portales, da igual del centro que de los barrios periféricos. Ha hecho caso omiso a lo que le cuento sobre el maremagnum de consultores, asesores, graduados, gestores, psicólogos mediadores (que según parece también arreglan problemas matrimoniales), corredores de seguros, economistas, licenciados en empresariales y otro sinfín de profesiones que (salvo ir al Juzgado y sólo porque no se les permite) se dedican al asesoramiento jurídico con todas las letras sin que parezca que el Consejo General de la Abogacía rompa alguna lanza sobre el grave intrusismo que nos atenaza, salvo el escribir de vez en cuando algún artículo más o menos grandilocuente. Tampoco escucha las observaciones que le hago sobre la competencia atroz que hacen los "supermercados del pleito" -que alguno hay- ni de las extrañas -por no decir prohibidas- maniobras de captación de clientes que realizan algunas compañías que se autotitulan como salvadores plenos de los siniestrados. Si a este negro panorama añadimos el machismo aun imperante en la Sociedad en virtud del cual los grandes asuntos (normalmente) deben llevarse por hombres (las mujeres quedamos para otras facetas jurídicas), creo que mi hija debería cambiar su ilusión y ponerse desde ya a pensar qué va a hacer cuando desembarque en la selva: algún caso de canibalismo entre compañeros ha llegado a mis oídos sin que deontológicamente -que se sepa- haya ocurrido nada.

No obstante lo dicho, mi instinto maternal me empujará, sin duda, a amadrinar con orgullo a mi hija cuando preste juramento o promesa. ¡Dios nos asista!

Locus Appellationis - Número 56 - Año 2010.
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